Este espacio intenta ser un pasadizo que da luz a las pequeñas piezas interiores que conforman quien soy.

martes, 12 de octubre de 2010

La higuera


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¿Existe el destino? ¿Es cierto lo que pensaban algunos, eso, que las estrellas llevan impresos cada uno de nuestros pasos? ¿Creer que nuestras decisiones van labrando el camino que hacemos es realmente una superación de aquella antigua convicción? ¿O solo un bálsamo para existir, un poco aunque sea, con la certeza de libertad?
Tal vez la tía nunca se había hecho estas preguntas. Tal vez, con ese dejo de resignación que la arrastró en sus últimos años, solo se limitó a esperar que el tiempo le enseñara la respuesta.
Mujer dura. Fuerte. No dejó nunca entrar a la coquetería y esas estupideces, como solía decir, a su vida. “No tengo tiempo para esas cositas, a mí dejame de pavadas que tengo que cuidar de la casa. Si yo no cocino, acá no come nadie”, decía frunciendo el ceño, pero sin intenciones de reproche. Aceptaba con fascinación su tarea. Era como si su lugar ya hubiera sido designado desde antes de nacer: cuidar de la casa, cuidar de los primos, cuidar de los hijos de sus primos, cuidar de los hijos de los hijos de sus primos. Y así lo hizo. Dedicó su vida entera, aún en la agonía previa a su muerte, a una familia que nunca terminó de creer como propia.
Viste vientres crecer, sobremesas extendidas más allá de la medianoche, mentiras que crecían bajo la higuera; culpas y obscenidades revelarse, como aquella primera vez, cuando un hombre y una mujer fueran sorprendidos en pecado, y cubrieran esa desnudez con sus hojas.
Mujer honesta, de pies a cabeza. No toleraba la mala fe, las manos prestadas por una tajada jugosa del asunto en cuestión.
Su vida se llenó de la vida de los otros, y vio cómo el tiempo pasaba por la otra esquina.
Hija del dolor. Madre de niños que nunca parió. Esposa de cada hombre que pedía por un plato de comida. Y sin madre, sin hijos y sin esposo recorrió sin tregua aquella casa enorme toda su vida.
El antes estaba borrado a tal punto, que nadie supo nunca su verdadero nombre. Un apodo musical, sonoro, casi chirriante fue su sustantivo propio: Chacha. Como testigo único de su procedencia de provincia quedó un artículo, una huella indiscutible de su génesis -lo único que quiso resguardar del árbol familiar-. Así, todos la llamaban La Chacha.
La Chacha, como se dijo antes, no andaba detrás de faldas glamorosas, zapatos lustrosos y perfumes que hipnotizaran miradas o prometieran la felicidad eterna. La comodidad era su bandera “Pa´qué me via poner esos trapos!”, decía mientras se secaba las manos mojadas en su uniforme de vida.
Había nacido 2 siglos atrás; eso se le notaba desde siempre, incluso en sus pequeños 15 años, cuando paradita en la puerta de la casa de su prima, le pidió cobijo. La única vez que pidió ayuda.
Cuentan que tenía los ojos mojados y los puños cerrados, apretados, como si sujetaran una venganza entre sus pequeños, largos y delgados dedos blancos. Un pañuelo le caía del bolsillo, seguramente lo había utilizado justo antes de llamar a la puerta.
Dicen que respiró hondo y aguardó que su prima abriera. En cuanto vio la cara de Alba asomar por la rendija, evitó toda llantera verbal y solo le dijo “Nunca tuve madre; desde hoy no tengo padre ni hermanos. Mi cuerpo no lleva la misma sangre que otras veces”. Alba pudo ver sus pies lastimados, los brazos en los que -todavía y aún mucho después- se podía uno imaginar el puño que la había sujetado. Quiso abrazarla con su cuerpo enorme, materno; pero La Chacha se lo impidió. Y siguió, “Caminé mucho hasta aquí, huelo a los olores de ayer y antes de ayer”. Alba la dejó pasar, atinó a preguntarle algo mientras La Chacha tomaba sus pocos bártulos, pero no se animó; comprendió que nunca más se hablaría del tema. Y cerró la puerta.

Desde ese día, La Chacha nunca estuvo quieta. No concebía siquiera a la noche como el momento de reposo. Es que sus manos se acostumbraron rápidamente a cargar baldes, hacer repulgues, amasar cenas y calentar biberones.
Una sola actividad estaba dedicada a ella: cuidaba con esmero la higuera que crecía en el patio. Amaba ese arbusto sobre todo por su grandeza de llamarse árbol. Decía que le gustaba porque se animaba a crecer en lugares donde pocas plantas encontraban la oportunidad, y sus raíces eran temidas por mover los suelos donde se criaba. Toda una metáfora de su vida.
Así es que por la tardecita, después de regarla y quitarle las malezas que se empeñaban en salir a su lado, se tiraba bajo su sombra.
Por eso se entiende que en esos momentos no quisiera que nadie la perturbara con quehaceres. Solía alejar a los niños de la casa, solo para que la dejaran tranquila, con la la historia que su abuela le había contado alguna vez, y que ella tanto se relamía al repetir:
“No, andá pa´ dentro que viene el malulo, eh!”
“Quién es el malulo, tia?”
“El malulo me deja cuidar la higuera a mí, pero si otro la quiere mirar, se enoja y puede matarlo, andá, andá pa´dentro te digo que yo después voy”.
Y ahí se quedaba, sola, con su cometido.
Qué soñaba, en qué pensaba, nadie lo sabe ni lo supo jamás. Se recostaba allí, y dejaba que su cuerpo se anestesiara al reparo, que “mi sangre se refrescara un poco”, como solía decir ella. Parecía que esperaba. Un momento. Una oportunidad que el tiempo le iba a regalar.


Esa era su habitual rutina. Salvo aquella tardecita.
Corría la época en la que el invierno duerme una pequeña siesta; el veranito de San Juan que le dicen algunos. Así es que hacía calor.
Alba sabía que La Chacha había salido, ella misma se lo había mencionado, pero no pensó que le llevaría tanto tiempo.
“Alba, salgo”
“Bueno, ¿te vas a demorar mucho? Mirá que hay ropa que tender”
“Que la ropa espere, que yo de eso ya aprendí y no se muere nadie. Salgo.”

Mucho se dijo sobre La Chacha y su indefinición identitaria. Lo cierto es que cuando uno calla, el resto llena los baches. Y La Chacha mucho se reservó para la tumba. Y los juglares, felices.
Sea como fuere, ante todas estas historias La Chacha era sorda y muda. Solo un gesto pequeño -apenas visible en su rostro- que le hacía endurecer sus labios se percibía cuando escuchaba este tipo de cuentos. Solo eso. Nada más. Aún así, el suficiente como para que Alba lo notara. Y fue esa misma represión de palabras encarceladas en su boca firme la que reconoció ese día cuando salió sin dar mucha explicación al asunto. Pero esta vez, tenían una hediondez a venganza. Alba no era mujer de preocuparse, pero sintió un espasmo a la altura de la boca del estómago que le hizo pensar que en esta ocasión sería diferente. Se miró al espejo, e hizo la señal de la cruz.

Hacía calor; el conveniente como para excusar el por qué de sus ropas pegadas al cuerpo, bebiendo del sudor que desprendía su piel. “Sudo porque hace calor” se repetía una y otra vez. Cuando llegó, se sentó agitada bajo la higuera. Temblaba. Miró sus manos que palpitaban; las sintió pegajosas. Las volvió a mirar y recién bajo la sombra notó que todavía estaban llenas de sangre.
Alba salió al patio. Se acercó y viéndola pequeña, igual que cincuenta años atrás, arrancó un higo y presionándolo sobre sus manos hasta deshacerlo y confundirlo le dijo “Éste es el más dulce del árbol, pero está condimentado en el infierno”
“Ya lo sé”
Sentada en la higuera, con el olor de los higos, el color y el sabor mezclado con la sangre, La Chacha devoró la fruta entre sus manos.

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